No vivas dando explicaciones

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Por Jose A. Blanco

…Tus amigos no las necesitan, tus enemigos no las creen y los estúpidos no las entienden.

Muchas veces creemos que dar explicaciones es solo un problema de decirle a lo demás todo aquello que hacemos o dejamos de hacer, pero el tema va más allá de eso: dar explicaciones también tiene que ver con la compulsión por agradar, por cuidar el “qué dirán”, por sentirnos “queridos” y por proteger a toda costa lo que creemos que es nuestra “imagen pública”. Todo esto es una fuente de tremendas complicaciones, sufrimiento, frustraciones, sobrecostos e incoherencias. Veamos por qué.

Vivimos condicionados para diseñar nuestra vida buscando el agrado de los demás. Nos vestimos y configuramos la apariencia de nuestro cuerpo pensando en cómo nos vean, conseguimos lo que tenemos para que otros puedan medir nuestro “éxito”

Aunque crecí en una cultura orientada a cuidar el “qué dirán” (sí, es cierto, puedo decir con absoluta tranquilidad que los Dominicanos somos bastante esclavos del “qué dirán”), también he recibido el balance de cuidar el peso de mis actos, es decir, más que dar explicaciones, me he esforzado por conectar la esencia de mi ser primero en mi hacer. He visto que a esto también le llaman “coherencia”. Hacer las cosas antes que hablar de ellas, porque las cosas, al hacerse, hablan por sí mismas.

Por otra parte, el cuidado del “qué dirán” te pone en la disyuntiva de no saber a quién agradar y cómo hacerlo, porque al final terminas queriendo agradar a todo el mundo y no agradas a nadie, por lo que luego sufres más ante tanto desagrado y desaprobación. Ponlo en ejemplos simples y casos concretos.

Nadie duda de la importancia de la imagen pública. Inclusive tal vez sea uno de los activos intangibles más valiosos que tenemos. Una buena imagen pública puede hacer una enorme diferencia en nuestra calidad de vida y en lo simple que pueda llegar a ser todo para nosotros. La imagen pública va desde el historial de crédito ante el sistema financiero de tu país, pasando por el hecho de que las personas que te rodean te juzgan como alguien confiable o no, y de hecho confían o desconfían de ti.

Tal vez esto suene  a verdad de Perogrullo, pero si miras a tu alrededor abunda la gente que no entiende esto y que actúa en este espacio de incoherencia.

Quien no cree en ti, quien compite contigo, quien te irrespeta, quien está en tu contra, quien te tiene envidia… quien se siente tu enemigo, siempre pensará que lo que haces es artificial, que estás tramando algo o que tus logros son en contra de ellos.  Así que no te afanes por explicar ni demostrar nada a tus “enemigos”, es mejor dejar que ellos solos se hundan en su lodo personal y que no te salpiquen.

Tus actos te definen y dicen quién eres: si van en la vía de lo que quieres mostrar, no tienes que decir nada. Si van en contra, con mayor razón cierra la boca porque te ganarás  más enemigos.

En conclusión, somos lo que hacemos, nuestros actos nos definen, no nuestro discurso.