El PLD democracia y desarrollo

Leonel Fernández
@leonelfernandez

Santo Domingo. Desde que se proclamó la independencia de la República, en febrero de 1844, la aspiración del pueblo dominicano siempre fue el de poder constituirse en una sociedad democrática, desarrollada, próspera y con garantías de bienestar social para el grueso de su población.

Sin embargo, en casi dos siglos de existencia como nación, esa combinación de democracia con desarrollo, no había sido conquistada más que durante los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana.

A decir verdad, al nacer, la República Dominicana surgió en ruinas. La guerra contra Haití para conquistar la independencia dejó al gobierno naciente con total carencia de recursos. Para enfrentar esa situación, el gobierno del general Pedro Santana inició una práctica que habría de llevarse a cabo durante muchos años: la emisión de papel moneda sin respaldo en la producción.

Los tres gobiernos de Santana, que se extienden, con intervalos, desde 1844 hasta 1861, cuando se produjo, por su iniciativa, la Anexión a España, fueron autoritarios, desde el punto de vista político, e ineficaces, desde la perspectiva económica.

Igual ocurrió con su rival político de la época: Buenaventura Báez. En las cinco ocasiones en que desempeñó la máxima magistratura del Estado, fomentó el caos político; ofreció en concesión la soberanía nacional a cualquier potencia extranjera; y suscitó la ruina económica y el desasosiego social, en medio de un estilo de gobierno de naturaleza autoritaria.

No obstante, durante el siglo XIX, hubo destacadas figuras políticas, de carácter democrático-liberal, como fueron los casos de Benigno Filomeno de Rojas, Ulises Francisco Espaillat y Francisco Gregorio Billini, todos los cuales llegaron a dirigir los destinos de la vida nacional, pero por la brevedad en que lo hicieron, no alcanzaron a realizar una obra importante de desarrollo.

Con posterioridad a la guerra de la Restauración (1863-1865), el único punto luminoso de la historia nacional se encuentra con la llegada al poder del Partido Azul, a través de la figura del general Gregorio Luperón, en 1879.

A través de seis presidentes de la República, el Partido Azul ejerció el poder durante 20 años. En principio, lo hizo en forma democrática. Aspiraba a convertir en realidad el sueño de Juan Pablo Duarte y de los independentistas de una nación libre, democrática, soberana y de progreso para todos sus habitantes. Sin embargo, por la corta duración de los mandatos de los presidentes de carácter democrático, estos no pudieron impulsar el desarrollo económico y social del país. A quien le correspondió llevar esto último a cabo, fue, paradójicamente, a quien no ejerció el mando en base a los principios democrático-liberales: el general Ulises Heureaux (Lilís).

Lilís, Mon, Trujillo y Balaguer

Durante la época de Lilís fue que empezó a desarrollarse la industria azucarera moderna, así como el incremento de la producción de tabaco, café y cacao.  Igualmente, fue durante su período que se construyeron los ferrocarriles que iban de Sánchez a La Vega; y de Santiago a Puerto Plata.

Con Lilís, hubo, pues, desarrollo material en la República Dominicana, pero con total ausencia de valores democráticos en el ejercicio del poder político. Al tiempo que aumentaba la riqueza material del país, Lilís se dedicaba a eliminar a sus adversarios políticos; y eso hizo que se convirtiera en un sanguinario dictador.

Luego de la turbulencia política que se produjo con motivo de la muerte del general Lilís, emergieron como figuras del momento, el comerciante de la Línea Noroeste, Juan Isidro Jimenes; y el general Horacio Vásquez.

Pero el personaje que más se destacó durante los primeros años del siglo XX fue el mocano Ramón Cáceres (Mon), quien gobernó entre 1905 y 1911; y durante esos seis años realizó una notable labor de recuperación y expansión de la economía nacional.

Pero, igual que varios de sus antecesores, gobernó con mano tan dura, que todavía hoy se le recuerda bajo el apelativo de “preso por la guardia de Mon”.

Aunque no en orden cronológico, la figura que sucede al general Mon Cáceres en el poder, en términos de transformación económica y social, es Rafael Leónidas Trujillo.

Al llegar a convertirse en la máxima autoridad del gobierno en 1930, Trujillo encontró a una República Dominicana limitada en alcance económico, prácticamente convertida en una aldea, con una predominante población rural.

En sus más de 30 años de ejercicio gubernamental, el hombre fuerte de San Cristóbal contribuyó a transformar, desde el punto de vista económico y social a nuestro país. Construyó carreteras, puentes, escuelas, hospitales, acueductos e importantes edificaciones públicas.

Fue el creador de la moneda nacional; el constructor del Banco Central de la República; y quien redujo la deuda pública externa, con la firma del tratado Trujillo-Hull.

Pero, si eso logró Trujillo en el plano material, sus hazañas en el aspecto político lo condenaron ante la historia. Además de haber acumulado una gran fortuna personal, en base al manejo ilícito de fondos públicos, se convirtió en un cruel dictador, que no solo apresaba a sus enemigos, sino que los sometía a persecución, torturas y muerte.

Su poder fue omnímodo. Nadie escapaba a sus actos de violencia, fueran dominicanos o extranjeros; hombres o mujeres; ciudadanos simples o personalidades encumbradas. En fin, un hombre dispuesto a realizar todo lo que considerase necesario para mantener las riendas del poder.

Por su parte, los siete gobiernos que encabezó el doctor Joaquín Balaguer, una figura de leyenda, fueron diferentes a los de Trujillo. Circunstancias difíciles de la vida nacional, en el proceso de transición a la democracia, lo condujeron a aplicar, en determinados momentos, fuertes medidas de coerción, con la finalidad de garantizar lo que él consideraba como necesaria estabilidad política de la nación.

Sin embargo, su obra material es indiscutible. Durante sus periodos de gobierno hubo, generalmente, significativos niveles de crecimiento de la economía; y fuertes inversiones en obras públicas que se extendieron por todo el ámbito del territorio nacional.

Pero si bien alcanzó esos logros e hizo importantes aportes para alcanzar la convivencia pacífica entre los dominicanos, por los momentos de represión política durante el periodo de los 12 años, y el cuestionamiento a algunos de sus triunfos electorales, ciertos sectores de la opinión pública nacional consideran que no dispone de los méritos requeridos para figurar entre los paladines de la democracia dominicana.

Blancos y morados

Al llegar don Antonio Guzmán al poder, en el 1978, se produjo una gran ilusión en el pueblo dominicano de que al fin el país entraría en una nueva etapa de consolidación de sus instituciones democráticas,  de prosperidad y justicia social.

El presidente Guzmán logró hacer avanzar la democracia en el país. Los presos políticos fueron puestos en libertad, y se produjo el retorno de los exiliados. Reinaba un ambiente de optimismo y se miraba hacia el futuro con gran esperanza.

Sin embargo, no fue así desde el punto de vista económico y social. La República Dominicana no pudo lograr sus metas en esos ámbitos como se esperaba. Los gobiernos del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), tanto la gestión del presidente Guzmán, como las de sus sucesores, no pudieron ponerse a la altura de las expectativas nacionales con respecto a las necesidades de cambio que el país requería.

De esa manera, al finalizar el siglo XX, alcanzó a subir las escalinatas del Palacio Nacional, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), con una agenda de reforma y modernización del Estado, así como de transformaciones en las distintas áreas de la economía y de la sociedad.

Al acercarse a casi 20 años de poder, el partido fundado por Juan Bosch, aun en medio de obstáculos y dificultades, de carácter nacional e internacional, puede, sin embargo, exhibir un conjunto de obras y de proyectos, tanto en lo político-institucional, como en lo relativo al progreso material, como no se había conocido antes en la historia de la República.

Durante los hasta ahora cinco periodos de gobierno peledeísta, la economía dominicana ha crecido a niveles impresionantes. La capacidad de generación de riquezas se ha más que cuadruplicado. La pobreza extrema ha prácticamente desaparecido. Se ha alcanzado la seguridad alimentaria. Se ha impulsado la producción agropecuaria. La clase media se ha expandido. Las principales enfermedades infecto-contagiosas han sido controladas. La mortalidad materna e infantil han disminuido. Las expectativas de vida han aumentado.

Las instituciones públicas han modernizado sus servicios. Las carreteras y las vías de comunicación se han extendido por todo el territorio nacional.  Se han construido puentes, elevados, túneles y circunvalaciones. Se instaló un moderno sistema de transporte, a través del Metro de Santo Domingo. Se ha incrementado el turismo. Ha habido un aumento de la inversión extranjera. Las zonas francas han crecido; y nunca antes como ahora la presencia internacional de la República Dominicana había sido tan notable.

En fin, ha sido durante los periodos de gobierno del Partido de la Liberación Dominicana que nuestro país ha podido, por vez primera, combinar sus anhelos de paz y armonía, dentro del marco de la democracia, y unos determinados niveles de prosperidad, bienestar y desarrollo, como resultado de una expansión sostenida de nuestra capacidad de producción y distribución de riquezas.

Se reconoce que la labor realizada durante los gobiernos del PLD no constituye una obra perfecta. Pero no cabe dudas de que ha sido, hasta ahora, lo que más se ha aproximado a las aspiraciones y sueños albergados por el pueblo dominicano de combinar la democracia con el desarrollo.

Ese es un legado histórico tan importante que de seguro haría orgulloso al profesor Juan Bosch; y por eso mismo, su preservación, en estos momentos, se convierte en la tarea más importante de la familia peledeísta.

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